A propósito del Año Santo en Roma
José Luis Alonso Ponga *
PROMULGACIÓN Y PERIODICIDAD DE LOS AÑOS SANTOS
El día de la Ascensión del Señor de 2024, a primera hora de la tarde, el Papa Francisco, en silla de ruedas conducida por un sampietrino, asistido por el ceremoniere, Mons. Marc Djetaba recorrió una de las naves laterales hasta el pórtico de la Basílica de San Pedro donde tendría lugar el rito de la indicción, o proclamación púbica del Año Santo de 2025. Continuaba así la tradición institucionalizada por Gregorio XIII al convocar el jubileo de 1575. Un jubileo religioso, pero con una intención a la vez política. El jubileo de Gregorio XIII Convocó un número de peregrinos como no se había visto hasta entonces. Fueron muchos los que querían testimoniar al papa el apoyo de los católicos a la contrarreforma, que señalaba a los protestantes como herejes fuera de la iglesia.
La convocatoria del primer año santo tuvo lugar en 1300 por voluntad del papa. Bonifacio VIII mediante la Bula Antiquorum fida habet relatio. (Existe una antigua tradición…). En ella concedía indulgencia plenaria a los que peregrinasen a las basílicas romanas de los apóstoles Pedro y Pablo. Fue una novedad que chocó con la mentalidad de la época. La indulgencia plenaria se había concedido hasta entonces solo a los que exponían su vida en las cruzadas, o colaboraban en la defensa de los santos lugares. Concederla a todo el pueblo sólo por peregrinar, parecía rebajar su valor.
En honor a la verdad había un pequeño precedente que el Papa ni siquiera tomó en cuenta. El pontífice anterior, Celestino V, que renunció al papado y fue encerrado por el mismo Bonifacio VIII en el castillo de Fumone, donde murió en circunstancias más que sospechosas, publicó una denominada “bolla del perdono” (bula del perdón), pero solo por una vez y para ese año. En ella establecía que todo aquel que se acercase a la iglesia de Santa María di Collemaggio, en la ciudad del Aquila durante los días 29 y 30 de agosto, podía conseguir la indulgencia plenaria con la remisión de todos sus pecados. Debía cumplir, claro está, con las normas dictadas para el caso. Bonifacio VIII quería algo nuevo y diferente, pero al no encontrar ni precedentes ni base sobre la que apoyar su idea tuvo que buscar la manera de legitimarla. Afirmaba, de una manera imprecisa, la pervivencia de una “antigua tradición” que relataba la existencia en tiempos pasados de un “perdón de los cien años”. Y se difundió la leyenda de que el papa había recogido la tradición de un anciano de 108 años quien aseguraba haber acompañado a su padre a la ceremonia en la que el papa Inocencio III, concedió la llamada “indulgencia de los cien años”. El testigo afirmaba que todo ello ocurrió el uno de enero del año 1200, cuando él tenía siete años. En apoyo de la “inventio” surgieron otras leyendas afirmando que los franceses, desde antiguo, creían que se podía obtener el perdón de todos los pecados peregrinando a la tumba de los Apóstoles y venerando sus reliquias. Así nació la tradición de la que es heredero el año santo actual.
Bonifacio VIII pensaba que debía convocarse un año santo cada cien años, siguiendo la costumbre antigua, pero el segundo jubileo se celebró el año 1350. Y como no podía ser menos tuvo un origen supraterrenal. Clemente VI soñó repetidamente que se le aparecía el príncipe de los Apóstoles y le decía: “Abre la puerta ( de la Iglesia) y envía desde ella el fuego que caliente y pueda iluminar a todo el mundo”. Para descifrar el mensaje reunió a los cardenales y sacerdotes que le acompañaban en Avignon y entre todos decidieron que la misión estaba clara: Dios quería un nuevo Año Santo. No ponemos en duda la autenticidad del sueño papal, aunque lo más probable es que una vez más, sea una leyenda legitimante de la nueva convocatoria. Sí sabemos, por el contrario, que los romanos enviaron una embajada al pontífice haciéndole ver la necesidad de un nuevo año santo, porque la Urbe estaba en completa e imparable decadencia, desde que el papado se había trasladado a Avignon. El papa se lo concedió, pero disculpó su ausencia. Temía que, si volvía a Roma, aunque solo fuese para abrir la puerta santa, el pueblo romano organizase grandes disturbios y algaradas obligándole a residir de nuevo en la Ciudad Eterna. Posteriormente, Urbano VI quiso que se celebrase un jubileo cada treinta y tres años, en recuerdo de la edad de Cristo. Convocó uno para 1390, que celebró su sucesor Bonifacio IX aunque el pontífice tampoco acudió porque el papado seguía en Avignon. La tradición de convocar un año santo cada cuarto de siglo surgió con Paulo II, con una bula de 1470 donde establece cuatro años santos cada siglo, los años terminados en 00-25-50 y 75. La Norma se ha seguido desde entonces, aunque con varias interrupciones causadas por guerras y disturbios políticos.
La nueva periodicidad se justificó recurriendo a la Biblia con un argumento de escasa consistencia. Se dice que los santos pontífices redujeron el tiempo interjubilar porque el hombre cada vez vivía menos tiempo y deseaban que todos los fieles pudiesen disfrutar de tal privilegio al menos una vez en la vida. Desde luego la alusión Bíblica es llamativa: El hombre antes del diluvio vivía entre 800 y 900 años, que se redujeron poco a poco después del diluvio, hasta que en tiempo del Rey David y a causa de los pecados del hombre, se contrajeron drásticamente, por eso en el libro sagrado (Salmos 90-10) está escrito: “Los días de nuestros años serán 70 y si llegan a 80 todo lo que haya de más será dolor y fatiga”.
En el primer jubileo era obligatorio visitar las dos basílicas mayores, los sepulcros de S. Pedro y S. Pablo. En el segundo se añadió la de San Juan de Letrán. Bonifacio IX en la celebración de 1390 incluyó la Basílica de Santa María la Mayor, y posteriormente se añadiría la de San Lorenzo extramuros.
Con la llegada de las masas de peregrinos se desarrolló toda una picaresca para engañar a los incautos y aprovecharse de los crédulos. El Vaticano intervino protegiendo a los peregrinos. Y al parecer lo hizo con efectividad. Nombró un cardenal responsable para controlar el orden, de manera que los grupos de turistas-devotos no causasen malestar a los vecinos, sobre todo de noche, y evitasen los altercados en las calles. Pero también revisaba la calidad de los alojamientos, ponía tope a los precios de las posadas y a los productos de primera necesidad. Fueron muy efectivos a la hora de proteger a los consumidores de los tenderos que cobraban precios abusivos o sisaban en el peso. Contamos con abundante documentación sobre el tema. Un ejemplo de todo esto es lo ocurrido en el jubileo de 1650. El lunes 14 de febrero los responsables dieron una vuelta por los hornos y panaderías pesando el pan porque “se sospechaba que los panaderos no diesen el peso justo de ocho onzas por hogaza”. Unos días más tarde, el sábado 19 de febrero fiscalizaron a los carniceros. Querían constatar que eran justos en el peso de la carne, y que las piezas eran lo que decían y no daban gato por liebre.
PEREGRINOS DEL AÑO SANTO.
Peregrino es la persona que viaja por devoción a un lugar santo de su religión. Se denominaban así porque viajaban “per agro”, por el campo, no por las vías oficiales bien pavimentadas del estado. En origen la palabra peregrino equivalía a forastero, al que estaba fuera de su patria. En la Edad Media ya estaba plenamente asumido que la vida del hombre sobre la tierra es una peregrinación, y así lo recoge el dístico latino “peregrinos, somos, Señor, sobre la tierra”, que Jorge Manrique plasmaría en aquellos versos «esta vida es el camino/ para el otro que es morada sin pesar/ mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada, sin errar”. La jornada, que el poeta paredeño hace equivaler a la vida entera, era lo que un caminante andaba en un día.
La condición de extranjero comprometía a parientes y amigos a socorrer al peregrino, hasta el punto de que las religiones del Libro (judíos, cristianos y musulmanes) lo tienen como mandato divino. El Deuteronomio (10:19) dice: «Amaréis, pues, al extranjero; porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto». Esta filosofía pasa al cristianismo y se refuerza con la promesa que hace Cristo de salvar a los que practican la caridad con el prójimo: “porque fui peregrino y me acogisteis” (Mt. 25,35).
El gran poeta italiano Dante Alighieri que escribe cuando las peregrinaciones cristianas estaban en todo su esplendor, consideraba peregrinos por antonomasia a los que viajaban a Santiago de Compostela, – que posteriormente se denominarían concheros o concheiros, por la venera símbolo del Apóstol-, mientras que a los que marchaban a Jerusalén se les llamaba palmeros y a los que se acercaban a visitar las basílicas romanas se les denominaba romeros. La venera de los santiaguistas se impuso como símbolo universal de peregrinación, hasta el punto de que cualquier santo peregrino está en los altares con este distintivo, aunque no haya viajado en vida a Compostela.
En un tiempo de inseguridad vial, como fue la Edad Media, con los caminos repletos de salteadores, los peregrinos y caminantes en general eran presa fácil de los bandidos. Los primeros procuraban viajar en grupo y hacían notar su condición colocando en el sombrero o en la esclavina los signos identificativos del lugar a donde se dirigían. La concha para los santiaguistas, la palma para los que visitaban Tierra Santa y alguna efigie de los Apóstoles Pedro y Pablo, o de la Verónica para los romeros.
La peregrinación a la Urbe dio origen a las denominadas “visitas ad limina”. La palabra limina que en latín aludía a las fronteras del impero, también se aplicaba a la parte superior e inferior de las puertas, y especialmente a las de las basílicas mayores. Las jambas solían tener grabada una cruz que los fieles adoraban pasando la mano sobre ella antes de persignarse. Las basílicas paleocristianas del s. IV conservaban los restos de los mártires en la cripta debajo del presbiterio. El lugar de la sepultura se cerraba con un cancel que impedía a los peregrinos llegar hasta la tumba. Se postraban ante la puerta y desde allí oraban y practicaban los ritos piadosos. Este lugar comenzó a llamarse “limina” y los peregrinos viajaban “ad limina apostolorum”(hasta los umbrales de los sepulcros de los apóstoles) para dar culto a sus reliquias.
Los romeros volvían de Roma cargados de escapularios y “pazienze”, tiras de tela que recordaban el lienzo de la Verónica, a la que honraban como protectora especial. Sin embargo con frecuencia eran trozos de sus vestidos que ellos mismos pasaban por el sepulcro de algún mártir o de la tumba de los Apóstoles. Para ello descolgaban el trozo de paño por la ventanilla de la veneración (fenestrella confesionis) hasta alcanzar el sepulcro. Algunos peregrinos avispados hicieron negocio con estas reliquias por contacto y llenaron los diferentes países de objetos milagrosos.
El atuendo más común entre los romeros era una capa que les protegía de las inclemencias del tiempo y servía como yacija en caso necesario, la túnica, unas calzas para resguardar las piernas, sandalias o zapatos de cuero (algunos recorrían tramos del camino descalzos), para proteger los pies y un sombrero de grandes alas que les libraba del sol en verano y de la lluvia en invierno y primavera.
En el desarrollo de las peregrinaciones tuvieron mucho que ver los monasterios, parroquias, e incluso fieles particulares, que atendían a los transeúntes y sostenían económicamente posadas y hospitales para solucionar los problemas de los caminantes. Se crearon hermandades con este fin, y las antiguas cofradías, sobre todo las romanas, introdujeron esta obligación en sus estatutos. Las órdenes militares se encargaron de la protección de los caminos, sobre todo de los que iban a Jerusalén y a Santiago de Compostela, aunque al final el servicio se amplió a los santuarios más importantes.
No todos los fieles podían peregrinar. No lo hacían los vasallos pobres, obligados a trabajar para dar de comer a sus familias y pagar rentas y diezmos a los señores eclesiásticos y civiles; los enfermos, incapaces de recorrer largas distancias, los encarcelados, o las monjas de clausura, no podían cumplir con las visitas a las basílicas apostólicas. Esto significaba que no todos los fieles estaban en igualdad de condiciones para ganar la indulgencia plenaria, y por lo tanto había una desigualdad a la hora de recibir la gracia divina. La solución, en parte, vino de la mano de Inocencio X que el 16 de julio de 1650 amplió la concesión de la indulgencia jubilar a monjas, anacoretas, eremitas, encarcelados y a los enfermos, para lo que señaló capillas cercanas o incluso dentro del recinto donde vivían (la cárcel, los hospitales, un punto en el claustro etc.…)
En el jubileo de este año 2025, conocido como “de la Esperanza”, se mezclan los peregrinos con los simples turistas. Pero destacan los peregrinos-turistas también llamados turistas-peregrinos. Ambas posturas son reconciliables, o al menos eso dicen los medios de comunicación, sobre todo los de la iglesia católica. Los turistas encuentran en Roma una cantidad de patrimonio cultural inmaterial que no se ve en años normales. Porque, el recorrido turístico, si de verdad se quiere conocer la Caput Mundi, debe ir más allá de la apresurada visita a los monumentos religiosos o profanos.
A lo largo de este año en mi trabajo de campo en Roma, me he encontrado con viejos romanos que afirman distinguir a primera vista entre turistas y peregrinos. Dicen que el peregrino tiene interiorizado el motivo religioso de su viaje, y lo asume de una manera más tranquila, sin alborotos ni alharacas, mientras que el turista como consumidor de cultura, de arte, de gastronomía, e incluso de religión y de indulgencias, viene a “vivir” y “degustar” superficialmente todas las “delicias” que le han vendido. Todo ello, por supuesto, en el tiempo cronometrado por las agencias de viajes. Porque lo importante en el turismo consumista y vacuo es poder demostrar que “uno ha estado allí”,
JUILEO Y AÑO SANTO. ORIGEN Y SIGNIFICADO
El jubileo cristiano hunde sus raíces en el año sabático judío, aunque para su fundación se evocó también el año jubilar hebreo. El pueblo de Israel celebraba el año jubilar cada cincuenta años, y el año sabático cada siete. Esta última figura es verdaderamente curiosa. La detalla el Deuteronomio,15:1-18: Al final de cada siete años, perdonarás las deudas que otros tengan contigo. Se hará de esta manera: Cualquiera que le haya prestado dinero a otro israelita, le perdonará la deuda. No intentará que le pague, porque un tiempo de perdón de deudas ha sido anunciado en honor del SEÑOR”. El libro sagrado establece una clara diferencia entre el pueblo elegido y el resto: Podrás hacer que el extranjero pague su deuda, pero debes perdonar todo lo que tu hermano te deba. Anula la esclavitud por deudas entre los judíos. Si tu hermano se vende a ti, ya sea hombre o mujer hebreo de tu pueblo, entonces te servirá seis años, y en el séptimo deberás dejarlo libre. Además, el amo debe dotar al liberto de medios económicos para que pueda rehacer su vida: Cuando lo dejes libre, no deberás enviarlo con las manos vacías, sino que le darás generosamente de tu ganado, granos y vino. Qué duda cabe que es la sólida base de cohesión de la que, el pueblo elegido por Yahvé, ha hecho gala a lo largo de los siglos, y que previene y hasta cierto punto ataja el peligro de las revueltas internas surgidas de la injusticia social ejercida por las clases dirigentes. Causa fundamental de la destrucción de reinos, imperios y naciones.
El año jubilar es un periodo más largo descrito en el Levítico, 25 con estas palabras:» Además, deberán multiplicar siete años por siete, lo cual da cuarenta y nueve años, y el año siguiente, es decir, el cincuenta, será declarado año de liberación. En el día diez del mes de Etanim de ese año, que es el día del perdón, harán sonar por todo el país la trompeta y anunciarán la libertad para todos los habitantes del país. En ese año, los que hayan perdido su propiedad podrán recobrarla, y los esclavos quedarán en libertad de volver a sus familias.»
La magnanimidad que el Libro Sagrado atribuye a los dictados de Yahvé tiene precedentes en leyes de monarquías e imperios más antiguos. Se pueden rastrear en el perdón real, remisión de la esclavitud y devolución de las tierras a sus dueños anteriores en edictos del III milenio antes de Cristo en Mesopotamia, que el monarca otorgaba a favor de los súbditos más débiles, cuando lo juzgaba conveniente. Nada nuevo bajo el sol.
La opinión más común entre los investigadores es que la palabra jubileo viene de Jobel, el cuerno de carnero con el que los judíos anunciaban el año jubilar. El año jubilar judío, no se codificó hasta después de la cautividad de Babilonia, y cayó pronto en desuso por las sucesivas diásporas sufridas por los hebreos. Cuando se recuperó se hizo en clave cristiana, resaltando los frutos espirituales, pero olvidando los valores sociales recogidos en el Antiguo Testamento.
La construcción mental del año santo:
El año jubilar, o año santo católico, nació como un año rico en simbología porque confluyen en él varias características. La consecución de indulgencias, el refuerzo de la catolicidad (universalidad) de la iglesia, la sensación de una unión confraternal basada en la caridad, el respeto y cariño al otro, al lejano.
Es creencia común entre los romanos que el año santo nació por imposición popular, se desarrolló desde el comienzo como un movimiento de fe e invocación del perdón divino, aunque, también desde el primer momento, se vio que era un invento con maravillosos resultados económicos para la ciudad. El primero lo proclamó oficialmente el papa en el mes de febrero presionado por el pueblo que lo estaba celebrando desde la navidad anterior. Era tanta la gente que se acercaba a San Pedro a ganar lo que ellos llamaban la “indulgencia de los cien años”, que al pontífice no le quedó más remedio que legitimarlo.
Desde muy pronto se cuestionó la razón por la que Roma debía ser el lugar del año santo jubilar. Esto obligó a los eruditos y sabios vaticanos a buscar razones de peso, y a su juicio las encontraron. Los defensores razonaron, según ellos teológicamente, la concesión del año santo para la Ciudad Eterna. Era la ciudad preferida por Cristo, tanto la amó que se las arregló para que las reliquias de su pasión y muerte halladas en Jerusalén acabaran en Roma, cuando la ciudad de David fue conquistada por los musulmanes. Desde la Edad Media, con la caída de los Santos Lugares y expulsión masiva de los cristianos, Roma pasó a designarse a sí misma la Nueva Jerusalén en una estrategia de consolidarse como el centro de la cristiandad. Se propagó el discurso de que la Cruz de Cristo y las reliquias pasionistas más importantes habían servido para acabar con el paganismo romano, y hacer de la ciudad del Tíber la cabeza visible de la iglesia.
Todo ello acompañado de un marketing con discursos fabricados hábilmente. Desde el primer jubileo comenzaron a correr leyendas sobre los milagros que se producían en las visitas ad limina. Muchos enfermos se curaban al postrarse ante las tumbas de los apóstoles. Eran cantidad los endemoniados que se veían libres de los espíritus diabólicos. Los demonios al abandonar al poseído proclamaban a voces que eran expulsados por el poder de los Apóstoles. Además, muchos de ellos anunciaban los nombres de las Ánimas que salían del purgatorio gracias a la peregrinación. La expresión “Fake News” aún no se había inventado, por eso no podemos aplicar su significado a estos relatos, que no dejan de ser pequeños bulos piadosos.
Los romanos se percataron desde la primera celebración de la importancia económica del jubileo. Porque comenzó una mal disimulada especulación financiera. Hasta el punto de que los críticos, que afortunadamente nunca han faltado en Roma, comenzaron a hablar de que en el Año Santo en vez del “crimina laxantur” (los pecados más graves se perdonan), como se predicaba, lo que se aplicaba era el “crimina taxantur” (los pecados más graves se tasan, a buen precio).
Sin embargo cada vez ha habido más respuesta a estas llamadas. El número de visitantes de Roma y sus basílicas en el presente año, aún sin una cifra oficial, se califica ya de incontable.
* Cátedra Estudios sobre la Tradición. Universidad de Valladolid
