Cuando uno se acerca a la iglesia romana de Santa María in Cosmedim se encuentra con una cola larguísima de gente, sobre todo jóvenes que aspiran a fotografiarse en pareja metiendo la mano en la Bocca della Veritá. Afortunadamente el párroco de esta iglesia ha habilitado otra puerta para los que quieren entrar a ver el tesoro que se esconde más allá del portón. Gracias a Dios, los que hacen cola para la escultura, no entran en la iglesia, con lo que permiten que los turistas que buscan el patrimonio cultural puedan saborear las excelencias del santuario, la cripta, desde la que se visitan las ruinas del templo dedicado a Hércules pompeyano, los restos de una basílica del s. VI que muestra aún columnas y capiteles reaprovechados de otros edificios romanos de los alrededores o el mosaico del s. VIII de la adoración de los Reyes, procedente de la capilla papal de S. Pedro.
La devoción a la Bocca della Verità se extendió a raíz de la famosa película Vacaciones en Roma (1953) en la que Gregory Peck hacía creer a Audrey Hepburn que la escultura le había comido la mano que previamente había introducido en su boca. El film actualizaba unas leyendas que vienen de antiguo. Sabemos que la escultura fechable hacia el s. I se encuentra a la entrada del templo al menos desde el s. XVI, y que entonces ya la consideraban un ídolo pagano repleto de tradiciones. Hacia el s. IX comienzan a construirse unos relatos según los cuales los jueces romanos de la época imperial la empleaban para probar la veracidad en la declaración de los reos. Les mandaban meter la mano en la boca del mármol y si sacaban la mano quemada o peor aún, el brazo sin mano, eran evidentemente culpables. Pero la utilizaban sobre todo los maridos cuando dudaban de la fidelidad de sus mujeres, o querían probar públicamente el adulterio de la esposa. Andando el tiempo y gracias a las guías de turismo, que son capaces de poner de moda cualquier cosa con visos remotos de veracidad, las parejas acuden allí a practicar esta ordalía. Está tan de moda en los últimos años que cualquier pareja que no pase por allí, es como si no hubiese estado en Roma.
Me decía uno de los asistentes a la basílica, en un “itañol” más que aceptable, que nunca nadie ha percibido el olor característico a cuerno quemado, lo que significa, continuaba de buen humor que, o bien solo introducen la mano los que están muy seguros de la fidelidad del acompañante o por el contrario el truco no funciona. Finalmente me confesaba divertido que, aunque no creía en esas cosas, él nunca metería allí la mano, por si acaso.
Aún se discute la finalidad de tan magnífica pieza: para unos era un fuente de cuya boca manaba el agua a borbotones, otros creen que sirvió de cubierta a un pozo sagrado en uno de los templos cercanos y no falta quien asegura que es la tapa de un impluvium o cloaca por donde se colaba el agua de lluvia, evidentemente en un espacio religioso. La figura representa la cabeza del dios océano, o una divinidad romana relacionada con el mar y las aguas. Lo cierto es que se encontró al lado del Tiber cerca de la Cloaca Máxima en un espacio divinizado.
La cantidad de jóvenes parejas que no entran en la iglesia, lo harían si supiesen quien está enterrado dentro que es, nada menos, que san Valentín. Sí, el del 14 de febrero. Allí en un altar, en la nave de la epístola, en una urna de cristal, está la cabeza (creo que le falta un diente, a no ser que cuando se le cayó el de leche no le naciese otro), con algunos otros huesos más, porque san Valentín existió. Bueno, en realidad existieron dos santos con este nombre cuyos restos se enterraron en un cementerio de la Vía Flaminia. La tradición habla de un sacerdote y un obispo, mártires los dos, pero modernamente se piensa que son la misma persona que sufrió el martirio mientras regentaba la silla episcopal de Terni en Italia.
El santo murió en el 270 condenado por Claudio II el Gótico y acusado de casar en secreto a soldados de las legiones imperiales. Se cuenta que el emperador creía que sus legionarios rendían más si estaban libres de vínculos familiares y por eso prohibió el matrimonio en la clase de tropa. Es cierto, como he dicho que hay noticias de un mártir con este nombre a finales del s. III, pero su biografía y milagros, se han construido con una serie de leyendas inventadas al gusto del consumidor. De hecho el relato del martirio no se escribe hasta los siglos VII u VIII, como el de tantos otros mártires de los tres primeros siglos, y todos ellos plagados de tópicos inverosímiles. Pensar en él como patrono de los enamorados porque tuvo que ver con el amor durante su vida es una exageración, como también lo es que la fiesta de los enamorados hunda sus raíces en las lupercalias, o fiestas de purificación de la Urbe que el Papa Gelasio (492-496) cristianizó.
De unos años a esta parte se ha vuelto a poner de moda, sobre todo entre los medios de comunicación de masas, la idea de que todas nuestras fiestas con fuerte carga de ambivalencia proceden de tradiciones prerromanas o romanas cristianizadas. La afirmación es tan simple como inexacta. La fiesta de san Valentín se estructura en la Edad Media en Alemania, Francia, Inglaterra e Irlanda. Es, en origen, una fiesta cortesana en la que los caballeros elegían a una dama de su admiración para las diversiones festivas. A la elegida tenían que agasajarla y acompañarla a los bailes públicos. La tradición evolucionó poco a poco y los caballeros más comprometidos comenzaron a colocar el nombre de su dama en lugar bien visible, muchas veces acompañado de un símbolo semejante a un corazón con la leyenda “de tu Valentín”, porque uno de los bailes más famosos se solía convocar por el 14 de febrero, coincidiendo con la fiesta del santo. Con frecuencia estas fiestas eran precedidas de un sorteo de damas y caballeros, o sea que las parejas se hacían uniendo el nombre de una dama al de un caballero. La tradición se popularizó y saltó de la corte al pueblo, del palacio a la plaza pública y hacia finales del s. XVIII se practicaba entre todas las clases sociales. En el s. XIX triunfó en Inglaterra la costumbre de enviarse tarjetas entre los unidos por el destino, y otros regalos en los cuales los enamorados rivalizaban en creatividad y arte. Cuando en las últimas décadas decimonónicas y primeras del s. XX pasó de Inglaterra e Irlanda a Estados Unidos, la fiesta se hizo fundamentalmente comercial y evolucionó hasta lo que vemos en la actualidad.
A España, aunque había tradiciones similares, algunas de las cuales aún perviven y otras se pueden rastrear por tradición oral, nos llegó de Norteamérica y por eso tiene de romanticismo todo lo que cada cual pueda pensar y creer que sostiene su tarjeta de crédito. Las tradiciones españolas pre-comerciales, son a mi juicio mucho más interesantes, y de raíces culturales antropológicas más complejas, pero no tengo espacio para analizarlas aquí.
Las reliquias del patrono de los enamorados visitables en Santa María in Cosmedim, son unas de tantas. Hay otros doce lugares, en Europa, que afirman poseer restos (la cabeza, brazos, piernas , etc) del patrono del amor. En Madrid, en la iglesia de S. Antón se tiene la certeza de existir parte de sus restos. Toro presume de otro tanto, pero ningún lugar le gana a Terni, porque en su catedral está enterrado todo el completo. Cosa lógica si pensamos que fue obispo de aquella sede y de allí le sacaron para el martirio. En esta ciudad el clero aprovecha el 14 de febrero para invitar a los novios que están a punto de casarse o a los matrimonios jóvenes a renovar las promesas de amor eterno pronunciadas durante los esponsales.
José Luis Alonso Ponga
Cátedra de Estudios sobre la Tradición. Universidad de Valladolid
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