«Paolo Fresu Paso a Paso. Semántica Sonora» es el nuevo libro de Francesco Cataldo Verrina (Kriterius Edizioni, 2026)
El volumen explora la variada discografía de Paolo Fresu, radiografiando sus rasgos más destacados desde una perspectiva emocional, ambiental y musicológica, construyendo paso a paso la carrera artística y las peculiaridades del hombre y del músico que constituye un unicum en el universo jazzístico italiano.
En el panorama musical europeo, Paolo Fresu se perfila como una figura poliédrica y multitarea, cuya trayectoria vital y artística se despliega a lo largo de tres directrices inseparables: la del hombre, la del músico y la del emprendedor. En él conviven el ardor del visionario, la disciplina del artesano del sonido y la sabiduría del prolífico sembrador de ideas y recolector de consensos.
Nacido en Berchidda, pequeño pueblo enclavado entre los pliegues de la Cerdeña más auténtica, Fresu ha sabido transformar las sugestiones de su tierra natal en un léxico musical universal. La infancia, nutrida por los sonidos de la banda del pueblo y por los silencios elocuentes del campo, forjó un alma sensible, inclinada a la contemplación y a la búsqueda. Como escribía Rilke, «el arte es la infancia recuperada con medios adultos», y Paolo Fresu, con su instrumento, ha sabido custodiar y sublimar esa pureza originaria. Fresu no es un simple músico, sino un agente simbólico, un catalizador de procesos identitarios, un arquitecto de espacios estéticos compartidos, una suerte de dispositivo humano de resonancia cultural. En su caso, el individuo se convierte en médium, el cuerpo se traduce en vector de tránsitos simbólicos y la música deviene un acto de ecología social. No se emancipa de la marginalidad geográfica, sino que la transfigura.
Berchidda nunca es un punto de partida que deba superarse, sino un epicentro desde el cual irradiarse hacia un infinito en otra parte. Así, Fresu encarna lo que Edward Said definía como el «intelectual orgánico», capaz de actuar no solo en el campo estético, sino también en el ético y el político. Su trayectoria vital no es lineal, sino rizomática: se ramifica, se contamina y se hibrida. El jazz, para él, no constituye un género, sino un método, un dispositivo epistemológico que permite pensar el mundo en términos de improvisación, escucha recíproca y negociación continua. La trompeta (o el fliscorno) no representa un instrumento, sino una prótesis del alma, una extensión sonora del yo que se convierte en lenguaje colectivo. Fresu no toca: habita el sonido, lo moldea como un artífice del silencio, modulándolo como un demiurgo del tiempo. El eje antropológico de su figura se articula en torno a una tensión constante entre arraigo y apertura. Su identidad no es monolítica, sino porosa, absorbente y en perpetuo devenir, hasta regenerarse continuamente en la relación con el otro, en el diálogo intercultural y en la contaminación lingüística. En términos psicológicos, podríamos hablar de un «yo narrativo», capaz de integrar las múltiples dimensiones de la experiencia en una trama coherente, aunque nunca definitiva.
El músico de Berchidda actúa como agente de cohesión, como facilitador de procesos comunitarios, como promotor del bienestar psicosocial a través de la cultura. Su actividad no se limita a la producción artística, sino que se extiende al cuidado de los vínculos, al tejido de redes y a la construcción de espacios compartidos. En su papel de emprendedor cultural, el trompetista sardo no se limita a gestionar eventos, sino que proyecta ecologías simbólicas. El festival Time in Jazz no es un simple contenedor de conciertos, sino un laboratorio de ciudadanía estética y un experimento de regeneración territorial a través del arte. En una época en la que la cultura suele reducirse a mero entretenimiento, Fresu reivindica su función mayéutica, es decir, la capacidad de generar conciencia, educar la mirada y transformar el paisaje interior y colectivo. Su acción lo lleva a invertir en el territorio, a tejer redes y a construir comunidad en torno a la música. En él, el hombre, el músico y el emprendedor no son compartimentos estancos, sino vasos comunicantes de una única vocación: hacer del mundo un lugar más habitable a partir de un arte declinado en múltiples facetas. Como escribía Hölderlin, «allí donde crece el peligro, crece también lo que salva». Su modus operandi empresarial está impregnado de ethos: no apunta solo al beneficio, sino a la fertilidad simbólica. En este marco, se erige como un curador de posibilidades, un alquimista de lo real que transforma el silicio de la marginalidad en oro relacional. Su visión es sistémica, no lineal, propia de quien piensa en términos de interconexiones, sinergias y resonancias. Su modelo consagra el de la «permacultura», es decir, un ecosistema en el que cada elemento nutre y sostiene a los demás.
Fresu se convierte así en un constructor de puentes entre lo indecible y lo compartible, entre lo íntimo y lo colectivo. Su obra aparece como un acto de resistencia poética contra la homologación, una invitación a pensar la cultura no como ornamento, sino como infraestructura de lo humano. Como él mismo ha afirmado: «producir cultura no significa solo generar economía, sino promover al ser humano, antes incluso de lo que produce». En el concepto de «Sonido como soy, soy como sonido», Fresu explicita una verdad que atraviesa toda su producción, donde la música no se configura como un lenguaje a dominar, sino como un microcosmos que habitar. En términos fenomenológicos, podríamos decir que Fresu no «hace» música: él es música. Para él, el sonido nunca es neutro, sino siempre situado, encarnado y relacional. La cifra estilística fresiana se funda en una poética de la sustracción, en un minimalismo expresivo que rehúye la exhibición virtuosa para privilegiar la intensidad del detalle, la pregnancia del silencio y la densidad de la respiración. En ello se acerca a la lección de Miles Davis, pero reinterpretada desde una sensibilidad plenamente mediterránea, impregnada de luz oblicua, melancolía solar y memoria arcaica. Su fraseo hace emerger una caligrafía del alma, una escritura tímbrica que se traduce en relato, confesión e invocación. La improvisación, para él, no es un ejercicio de libertad individual, sino un acto de responsabilidad colectiva: implica escucha radical, suspensión del juicio y apertura a lo imprevisto. En términos psicológicos, podríamos definirla como una práctica de «empatía musical», una experiencia intersubjetiva en la que los límites del yo se disuelven para dejar espacio a una conciencia plural. Como escribía Merleau-Ponty, «el arte no duplica el mundo, sino que lo hace existir».
Esta visión relacional del arte se traduce también en su incesante actividad de colaboración con artistas de toda procedencia geográfica y estilística. Fresu ha tocado con jazzistas afroamericanos, músicos clásicos, cantautores, poetas, bailarines y pintores. Cada encuentro se convierte para él en una ocasión de metamorfosis, un rito de paso y un acto de hospitalidad simbólica. En ello encarna el arquetipo del «bricoleur» de Lévi-Strauss, es decir, aquel que construye mundos a partir de fragmentos, que transforma la contingencia en forma y la alteridad en alianza. Su recorrido musical, iniciado a los once años, se ha nutrido de estudio riguroso y de encuentros fulgurantes. Tras los conservatorios de Sassari y Cagliari, en Siena Jazz se produce la metamorfosis: el vernáculo afroamericano se convierte para el trompetista no solo en lenguaje expresivo, sino en filosofía de vida. Desde entonces, Fresu ha surcado los mares como un Ulises moderno del pentagrama, colaborando con instrumentistas de todas las latitudes y participando en más de cuatrocientas cincuenta sesiones de grabación, noventa de ellas a su nombre. En el fondo, «una sola nota puede contar una historia infinita», como él mismo sostiene. Y es precisamente en esa nota donde se condensan la urgencia expresiva, la nostalgia del silencio y la voluntad de incidir en lo real. Junto al músico convive el hombre de pensamiento y de palabra. Fresu también se ha ejercitado como escritor, autor de ensayos y relatos en los que reflexiona sobre el sentido de la música, el papel del artista en la sociedad y la necesidad de cultivar la emoción como antídoto contra la banalidad de lo cotidiano. Su visión es humanista, inclusiva y profundamente ética. No en vano, ha recibido una laurea honoris causa en Psicología Social por su compromiso con la promoción de la cultura como instrumento de cohesión y bienestar colectivo. Al margen de todas las similitudes que cierta crítica se empeña en buscar, en este análisis —objetivo— de su discografía, el trompetista emerge como una figura fuertemente caracterizada y dotada de una filigrana estética y sonora propia: un unicum en el universo jazzístico europeo. Dicho sin rodeos, Paolo no es Miles Davis ni tampoco Chet Baker: Paolo es Fresu. Tertium non datur.
