Olfato y memoria: el sentido que nos devuelve al pasado
Nuestro sentido del olfato es una herramienta extraordinaria, capaz de detectar una gama sorprendentemente amplia de olores bien distintos. Ya en 1927, un estudio sugería que los seres humanos podían distinguir aproximadamente 10.000 olores diferentes. Sin embargo, un estudio más reciente, realizado hace unos 10 años en la Rockefeller University, reveló que nuestras capacidades olfativas van mucho más allá de esta estimación inicial, permitiéndonos distinguir un número incalculable de fragancias.
El sentido del olfato, a menudo descuidado en la vorágine de la vida cotidiana, tiene una importancia significativa también para la salud y el funcionamiento normal de nuestro cerebro. De hecho, el olfato nos conecta con el tiempo pasado, los lugares visitados, las emociones vividas y los recuerdos acumulados a lo largo del tiempo, sean positivos o negativos.
También desde el punto de vista anatómico, la relación entre olfato y memoria es muy particular, casi única, porque el olfato que parte de la nariz tiene un recorrido nervioso directo hacia los centros emocionales y de memoria dentro de nuestro cerebro en dos regiones bien definidas: la amígdala y el hipocampo. La singularidad radica en que, en este recorrido, el estímulo creado por el olfato bypassa completamente la estación de procesamiento de todos los demás sentidos (una región llamada tálamo), lo que permite que los olores desencadenen recuerdos vívidos y cargados de emociones casi de inmediato.
Esta singular vía neurológica explica por qué los olores pueden llevarnos atrás en el tiempo, evocando recuerdos autobiográficos detallados con una intensidad mayor que los demás sentidos, a menudo vinculándose con momentos, emociones y sentimientos significativos de nuestra vida.
Es fundamental reconocer que, aunque la función olfativa reducida puede estar presente también en personas afectadas por trastornos de memoria como la enfermedad de Alzheimer, esta no es una experiencia común en todos los casos. De hecho, a menudo los recuerdos olfativos se conservan del proceso degenerativo típico del Alzheimer, y un aroma familiar puede fácilmente evocar memorias que parecían perdidas incluso en pacientes con la enfermedad en una fase avanzada.
El aroma del café matutino, el perfume de la albahaca mientras preparamos una receta, el olor a sal del mar o al césped recién cortado pueden crear fuertes vínculos con momentos felices del pasado, ofreciendo consuelo y familiaridad. En este sentido, es importante observar las señales de nuestros seres queridos afectados por la enfermedad de Alzheimer y comprender su nivel de confort y sus reacciones en diferentes situaciones cuando los perfumes y olores son los protagonistas.
Recordemos que entre los aspectos ordinarios de la vida cotidiana, incluida nuestra capacidad de percibir olores y fragancias en su totalidad, se esconde un don a menudo subestimado.
Solo en su ausencia, muchas veces percibida demasiado tarde, reconocemos la extraordinaria naturaleza de lo que a primera vista parece banal como el olfato.
Por lo tanto, tomémonos un momento de pausa para apreciar y acoger plenamente los detalles cotidianos, saboreando la riqueza de la vida y custodiando celosamente las experiencias sensoriales como el olfato que nos conectan con nuestro pasado pero que pueden ayudarnos a afrontar mejor el presente.
