El Reino del Más Allá
Ahora por fin puedo admitir sin miedo que soy un ladrón.
¡Sí! Soy el ladrón de confeti.
La pesadilla perfecta de Mangiafuoco.
Cada noche asciendo al cielo en mi nave espacial de remos, mi amado
e indispensable «Pegaso».
Mangiafuoco, el temible e insidioso narrador, o mejor dicho, encantador de serpientes, no me asusta porque nunca puede alcanzarme y relegarme tras las bambalinas de su lamentable teatro de marionetas.
Nunca he sido un títere, sino un soñador; sí, ¡vivo de sueños! Sus consejeros, el Gato y el Zorro, recorren aldea tras aldea intentando suavizar su imagen y, mientras tanto, recopilan información sobre si aún quedan «soñadores», sus enemigos… quienes, haciéndose pasar por artistas callejeros bajo la falsa apariencia de equilibristas y narradores, eluden a los guardias e informantes al servicio de Mangiafuoco.
Somos pocos los que volamos de noche con el «Pegaso», somos los que pertenecemos a la poderosa raza de los sueños.
El Pegaso es una nave espacial que viaja por los espacios entre las estrellas con solo el poder de sus remos.
Remar no es cansado; sus remos son magia, fantasía.
El «Pegaso» no es para todos, no puede ser para todos, es solo para los elegidos, es decir, aquellos que llevan dentro la imaginación y un sueño, un sueño por alcanzar y realizar, uno tras otro, hasta la última estación soleada.
Nosotros, los que poseemos un «Pegaso», vivimos en un hermoso Reino, ¡el Reino del Más Allá! En el Reino del Más Allá, ¡te encuentras y te pierdes!
Persigues sueños o te persiguen.
Desafiando-desafiado, deseando-deseado, amado. Libre y a la vez obligado.
Quizás, si aún es posible, Amor, amando todo lo que te rodea y así perdiéndote en sus laberintos de mar y cielo, a cuyo centro de luna y sol llegan las almas de los niños, atadas a los remos del «Pegaso».
Los soñadores lo tenemos claro: ¡los cuentos de hadas son un regalo de amor! Por eso invento y escribo, cuento fábulas, para que aún podamos soñar.
¡Para que podamos seguir siendo libres!
